Historias desde el Museo Histórico Militar de Menorca: ¡Analfabeto!

¡Imposible! no puede, es analfabeto.

Las palabras llevan asociadas imágenes, al pronunciarlas o escucharlas nacen formas mentales que las representan, ya sea por la estética de su grafía, ya sea por el sonido de su pronunciación, la mayoría de las palabras nos evocan algo; no a todos lo mismo, ni siquiera al mismo siempre lo mismo, es como si tuviesen vida propia –quizá la tengan-.

Con esa combinación de la F y la T suena a bofetón. Te llaman ¡Analfabeto!, y lo sientes

en la cara, hasta duele.  Hoy la asociamos más a un insulto -un poco rancio, es verdad-, pero hubo un tiempo no tan lejano en el que “analfabeto” más que un adjetivo calificativo, era un posicionamiento social, no era vergonzante, era una consecuencia.

Independientemente de lo que estipulaba la ley, a finales de los años setenta, el porcentaje de analfabetos era más elevado de lo que la gente imagina. Los jóvenes entraban de aprendices a edades tempranas y dejaban unos estudios que en realidad nunca habían llegado a tomar.

En 1981 la Brigada de Montaña XLI (Lérida) tenía un Grupo de Artillería a Lomo con mulos y caballos –el medio de transporte más fiable en la montaña-. Era una Unidad señera de la montaña con unas características  propias muy peculiares en la que la eficacia se basaba en la instrucción tanto del personal como del ganado, algunos con muchos trienios de servicio –los mulos, quiero decir-. A diferencia de un vehículo a motor, el ganado no puedes apagar el contacto, el animal sigue necesitando vigilancia y cuidados todos los días. La mayoría del personal allí destinado era gente de campo hecha a los animales, tenían normalmente estudios primarios como única formación.

En la Batería de Artillería un tercio del personal era analfabeto –total o parcial-, y por la tarde asistían obligatoriamente a clases de Extensión Cultural, el objetivo era que al final de la “mili” salieran con el Certificado de Estudios Primarios. Paralelamente, los que no tenían oficio manual  asistían voluntariamente a las clases y talleres PPE (Promoción Profesional del Ejército), carpinteros, electricistas, torneros, fontaneros, etc. Todo ello sin salir del cuartel, los maestros y profesores eran otros compañeros cualificados para ello.

No recuerdo su nombre, era enjuto y fibroso, ágil como un gato, de mirada atenta, hablaba poco y cuando le mirabas sonreía tímidamente, tenía la bondad de la gente sencilla del campo, aunque se las sabía todas, era listo como el hambre. Desde que llegó le cayó bien a todo el mundo, yo lo tenía directamente subordinado. Poco a poco, en breves conversaciones y comentarios sueltos, como retazos de una vida fui componiendo su historia. Era de una pequeña aldea de la montaña en Asturias, no recordaba a su madre y no tenía hermanos, su padre trabajaba las tierras por cuenta ajena, él era pastor de vacas, bajaba al pueblo una vez a la semana salvo en pleno invierno que prácticamente no sacaba el ganado por las nevadas, dormía en el chozo envuelto en una manta. Trabajaba por  el sustento, vestía con ropas viejas que le regalaban y calzaba unas viejas botas con agujeros.

La guerrera cerrada al cuello, los emblemas y botones brillando, las relucientes botas ¡Que estrenaba él!, el pelo corto y afeitado, se miró al espejo, se sintió Capitán General. Un mundo hasta entonces desconocido se abrió ante él, dormía en cama con sábanas, se duchaba diariamente con agua caliente, y –lo más sorprendente- comía tres veces al día con cubiertos en plato. Tenía amigos –aunque al principio se rieran de él- hablaba con personas y no solo con las vacas, salía por la ciudad y veía gente, chicas, ¡el cielo debía de ser algo así!. Llevaba unos meses de servicio cuando le concedieron un permiso para ir a su casa, salió del cuartel por la mañana, le habían pasaportado con su billete de tren de ida y vuelta; a media mañana estaba de nuevo en la puerta del cuartel, lloroso y aturdido, no sabía qué tenía que hacer. Tuvieron que hacer coincidir el permiso con el de otro soldado de una localidad cercana a la suya, con encargo de llevarlo y traerlo.

Los compañeros se lo llevaban con ellos de paseo, le invitaban a todo –él no tenía dinero, ni quien se lo mandase-, conseguí ponerlo de ayudante del Cabo de Cuadras –todo un cargo- con el fin de que  pudiese cobrar en mano el “rebaje de rancho” –algo era algo-. Llevaba las cantidades  del consumo de grano de memoria, conocía y distinguía todo el ganado por sus nombres –¡ojo!, había en la Batería sesenta y dos mulos y catorce caballos-.

Se aproximaba la fecha de licencia. Mi Sargento, yo no me quiero ir, voy a reengancharme, me dijo. Dicho y hecho, me fui a ver al Capitán y se lo conté. Imposible, me dijo. ¿Por qué?. Porque es analfabeto, me respondió; no puede presentarse a Cabo, y los soldados rasos no pueden reengancharse. Menudo disgusto se llevó el pobre, lloraba como un niño. Pero el Comandante Mayor nos dio la solución –por eso era Comandante, sin duda-, lo haremos Soldado de Primera. Era un ascenso más que nada honorífico con el que se premiaba determinadas personas o puestos, sin más ventajas que ir por delante de los soldados rasos.

Con el tiempo cambié de destino, le perdí la pista, no sé qué fue de él, pero le iría bien, seguro. Por cierto, le ascendieron a Soldado de Primera bajo compromiso de asistir a las clases de Extensión Cultural y sacarse el certificado de Estudios Primarios.

Años más tarde en 1992, volví destinado como oficial al mando a la misma Batería -ahora en Figueras-, y me toco mandar al matadero a los últimos mulos del Ejército. Fueron salvados en última instancia por solicitud de una asociación ecologista, que encontraron para ellos un destino más  romántico; los dejarían sueltos en el Parque Natural de “Cap de Creus” para que sueltos en libertad se reprodujesen (sic), entusiasta apadrinamiento incluido –pagando, claro-.

Me abstuve de decirles que el mulo es un híbrido y no se reproduce, ¡Estaban tan ilusionados!

 

Antiguo director del Museo Histórico Militar de Menorca

Fuente: Diario Menorca

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