
«Allí aprende a comer o se muere» le dijo el compañero a mi padre; se refería a la Colonia «General Varela» en Quintana del Puente –Palencia–; durante el curso, un colegio interno para hijos de militares, durante el verano, una colonia infantil –de 8 a 12 años–, cuarenta y cinco días ¡anda que no se quedaban tranquilos en casa! Un enorme edificio de dos plantas rodeado de campos de deporte y monte con abundante arbolado. El régimen interno de la institución era llevado por monjas –de las de antes-, las actividades al aire libre eran dirigidas por militares que durante el curso ejercían la labor de tutores y profesores de gimnasia, el nuestro era el sargento primero Aguilar –me acordaré toda la vida–. Una perfecta distribución de los medios, daba a la colonia la misma orgánica que una unidad militar; cuatro dormitorios de cien niños, que se dividían y subdividían hasta hacer manejable –y controlable– a una recua de muchachos –la disciplina iba de serie–. Después de desayunar, y el correspondiente protocolo de formaciones, himnos, bandera etc., salíamos al campo con paso decidido, marchas, cabañas, nudos, escaladas, prácticas básicas de supervivencia, todo aquello que –a diferencia de otros países de nuestro entorno– hoy desconocen nuestros jóvenes urbanitas, expertos en el asfalto, inútiles en el campo.
Aquel primer año –volví alguno más– iba con un hermano dos años mayor, siempre protector conmigo –un poco lo sigue siendo– con él me sentía seguro, yo era un niño enclenque y blando. De forma inevitable, llegó el momento temido por mí –y motivo de mi estancia allí–, el comedor. Un enorme espacio con columnas donde, en mesas de a cuatro, entramos y nos sentamos todos, una nube de chicas con batas a rayas –lugareñas contratadas como camareras– comenzaron a empujar unos carros metálicos por los pasillos mientras iban depositando sobre las mesas perolines con lentejas, uno de los cuatro me sirvió un plato que yo me quedé mirando con mucha aprensión y poca voluntad. «¡Come!» dijo una monja que pasaba por el pasillo, y yo inmóvil; posteriormente pasó el carro y la camarera retiró mi plato, de pronto –no sé de donde salió– aparece a mi lado la monja –la misma de antes– vuelve a poner mi plato sobre la mesa y repite «¡come!». Trajeron el segundo plato que uno sirvió –menos a mí– mientras yo seguía mirando las lentejas. Transcurrió toda la comida, postre incluido, y yo mirando el plato con las lentejas ya frías y resecas. Sonó el silbato «¡en pie!», y entonces –de la nada– apareció la misma monja, me pone la mano en el hombro y empujando hacia abajo me dice «tú no, ¡siéntate!». «¡Salgan!». Con el comedor ya vacío empezaron a recoger las mesas y ¡albricias! se llevaron las lentejas; efímera alegría, volvió a parecer la monja –la misma– que traía en la mano ¡el plato de lentejas!, ahí había algo personal, seguro, tanta inquina no es normal.
Antiguo director del Museo Histórico Militar de Menorca
Fuente: Diario Menorca


