Mahón, 22 enero 2026
En un país cuya frontera es mayoritariamente su litoral, la defensa del mismo se debe basar en defender sus costas, potenciando la protección de los puntos más vulnerables en los que pudiera llevarse a cabo un ataque y desembarco.
A principios del XIX tras la Guerra de la Independencia, España se encuentra con el problema de que, la falta de una Marina de Guerra adecuada y el ruinoso estado en el que estaban las fortificaciones militares, obligan a centrar el esfuerzo económico en construir un nuevo sistema de Defensa de Costas donde se combinaran fortificación y artillería.
Gran parte de las fortificaciones en España están destruidas, no tanto por la acción del enemigo francés, como por la labor destructora llevada a cabo por los “aliados” ingleses. Todo ello con el objeto de eliminar futuros obstáculos militares y competencias comerciales (considerando la innecesaria destrucción de fabricas y talleres llevada a cabo).
Durante la primera mitad del XIX, se generalizaron los bombardeos de ciudades llevados a cabo desde buques. A pesar de las mejoras introducidas en buques y su artillería, los medios eran aún bastante ineficaces y rudimentarios. La artillería naval era imprecisa por el movimiento natural del mar y los grandes buques de vela maniobraban remolcados por embarcaciones de vapor, muy vulnerables a los impactos de artillería.
Para una Defensa de Costa eficaz eran necesarias una serie de condiciones. Una fortificación que protegiese a la artillería de los impactos de grueso calibre. Una artillería potente capaz de igualar en alcance a unos buques acorazados y bien artillados. Una infraestructura defensiva fortificada capaz de albergar tropa suficiente para detener y repeler ataques por tierra contra la artillería propia. Contando con estas condiciones, la Artillería de Costa es superior a la Artillería Naval.


