Se actualiza la administración y se intenta modernizar el Ejército y la Armada con criterios objetivos, pero la escasez en los presupuestos lo hace difícil. Los gastos en personal superan las inversiones en material e investigación. España, en constantes guerras interiores y exteriores, mantiene un enorme Ejército que no puede costear.
Sin hegemonía naval, perdida y no recuperada desde Trafalgar, España se ve incapaz de retener bajo su soberanía un enorme imperio exterior que, pese a la heroica acción de sus Ejércitos sin apenas recursos y a menudo abandonados a su suerte, comienza a desgajarse.
Se reorganizan los ministerios de Marina y Guerra y se crean las Direcciones Generales de cada Cuerpo. Además de las tradicionales Infantería y Caballería, se potencian los denominados “Cuerpos Facultativos” Artillería e Ingenieros, cuna de una intelectualidad que deja sentir su impronta en los ingentes estudios y desarrollos técnicos llevados a cabo. Reflejo de ello es la creación y publicación de los Memoriales de Artillería e Ingenieros en 1844 y 1846 respectivamente, verdaderas tribunas por las que pasó lo mejor de una oficialidad científica y técnica.
A partir de mediados del XIX, hay avances técnicos que suponen una total trasformación en la artillería:
– El ánima rayada y los proyectiles ojivales mejoran el alcance y la precisión.
– La óptica aplicada a los elementos de puntería.
– El órgano elástico que absorbe el retroceso y la retrocarga imprimen mayor rapidez en el tiro.
– Las nuevas aleaciones y métodos de fundición aligeran y endurecen los cañones.
– Las municiones mejoradas y la pólvora sin humos.
Todas estas mejoras de la artillería moderna dejan obsoletos tanto los sistemas de fortificación existentes hasta la fecha como las protecciones de los viejos buques de madera.
Nuevos buques acorazados a vapor y artillados con cañones de grueso calibre montados sobre torres giratorias, obligan a montajes terrestres de grandes cañones capaces de hacerles frente.


